Comentarios a “NULL. Historia contemporánea de las dolencias I”

Pablo Tepichín

 

Por Pablo Tepichín

  Su temible ensayo sobre la historia contemporánea de las dolencias, levantando la siguiente pregunta, ¿qué delimita un rostro?

 Con Null es inevitable pensar cómo en lo nuestro contemporáneo está lo originario en una trágica y colosal violencia como su expresión más plástica. No sé si en Schuster está la tentación de pensar la paradoja nietzscheana de una teleología o de una metafísica que encarnaría en aquella radical voluntad de dominio como el auténtico trazo que relampaguea desde el inicio de los tiempos y que se expresa en crueldad ontológica.

 

Como un deus ex machina en toda nuestra trama, tras bambalinas, en todas nuestras dolencias, empero, este deus escenológico no interviene, no corta en dos la representación, pero sí resuelve para sí el montaje de un Julio César Mondragón, pero solo para aceitar los engranajes biopolíticos en una vuelta más, repito, en una vuelta más, a esa rotonda de regresiones y progresiones en los que se atrancan las personas, los cuerpos, la carne, mostrándonos los recursos negativos y el destino último del biopoder: necropolítica, tanatopolítica. Si el poder del polemos no se asienta en esta ontología, ¿entonces qué?  En efecto, pólemos pater panton, nos dice Heráclito, Heidegger, Schmitt, pero también Nietzsche en esa línea polemológica. Y por ahí Schuster nos lanza la pregunta: “¿Cómo reportar la historia de los próximos siglos?”[1]  

Cuando leía a Schuster, me venía una interrogante: ¿Puede el ser humano gestionar ese magma? ¿O será que ese magma siempre ha gestionado técnicamente a los cuerpos? ¿El magma, puede ser ese archivo auto inmune del que nos habla Marcelo Schuster, el cual acumula y desacumula, crea y destruye, hace sirvientes o nos hace servir? Dice Schuster “¿Quién tiene derecho a portar una cara?” Y nos da cierta clave “el gran dionisismo se destapa como un aparato subrepticio de captura: copa el poder de la fuente para no tener que responder por la execración de los rostros.[2] Pero también podríamos preguntarnos ¿quién da vida política en tanto cive, y da muerte en tanto saccer, Homo cive y Homo saccer, digámoslo así, confundiéndose en la incesante ruleta del bíos. Cito a Marcelo “[L]a máscara es el artificio del ausentamiento del dios, el juego de dar vida y dar muerte a los cuerpos suplentes, sean éstos estatuas vivientes, o actores de piedra.”[1]

[1] Ib., 28

[1] Marcelo Schuster Null. Historia contemporánea de las dolencias I, México, El diván negro, 2021, p.20.

[2] Id.

Entre el rostro y el prosopon está el hiato, una interrupción que avizora no solo un quién o un será, sino, sobre todo, anuncia un dejar de ser, esto es, un umbral hacia a la despersonificación, la apertura a cesuras categoriales dinámicas hasta confluir en la cosa, hasta nombrar la nada. En el contexto de las fisonomías desgajadas, Marcelo refiere: “[L]os rostros arrancados […] se reproducen como plagas de ortopedias postizas […] Rostro-prótesis, rostro-duplicado, la plaga de nulificados se reproduce por la vía bastarda […].” La hipótesis de Schuster en torno a la categoría de persona es que ésta “a pesar de ser un duplicado y un tipo (o un desaparecido o un ídolo), es la distribución de un rol, o en su defecto, el vacío de su teatralización trunca.” Enseguida comenta el posible surgimiento de Persona, de una confusión de registro, en tanto portador del rol y como el propio reemplazo.

null

Empero, para completar el análisis agregará la espoleta, como él llama, a aquel dispositivo espositiano que detona lo jurídico y lo cognitivo para así abrir de nuevo de manera elocuente la querella entre el derecho natural, el derecho positivo, la conciencia y la propiedad, el alma y la servidumbre. Ya los tratados de la Baja Edad Media, acá traigo a Esposito, “ya habían desarrollado el concepto de persona ficta (ficticia o artificial) o repraesentata (representada), refiriéndose a una entidad que no es necesariamente humana.” La lectura de Schuster me remitió a un autor que él refiere, Locke en tanto el inglés explica a la persona como “agente moral” y de igualdad mental, pero también a cierta variación kantiana en tanto la persona expulsa una parte de sí misma fuera de sí misma, asimilándola a una simple cosa sobre la que debe recuperar el dominio. Está, pues, también en Kant, el criterio no de una “personalidad doble” sino solamente un Yo, el ‘yo pienso e intuyo’, es la persona, mientras que el Yo del Objeto, lo intuido por mí, es la Cosa [Sache] al igual que lo son otros objetos fuera de mí. Y, por supuesto, al Hegel todavía influenciado del derecho  romano, cuando establece las relaciones entre individuos como propietarios, sugiriendo el estatus de persona proporcional a la posesión de cosas.

Empero, en Schuster subyace la preocupación por establecer una exégesis acorde a nuestra infausta contemporaneidad, la cual pudiera dar cuenta de cómo es que llegamos a nuestra radical desligazón política a nuestras perennes dolencias. En esta interpretación pareciese haber, a mí juicio, un eje transversal en todo su ensayo: el pensamiento de la No-persona. Podemos encontrarnos con varias figuras, por ejemplo, el autómata, el esclavo, el siervo y el señor, el ciudadano y el excluido como algunos desplazamientos categoriales pero que corporizan o descorporizan su propio signo hacia la nada. En efecto, aquí hay que traer a Esposito y su explicación en torno a la actual racionalidad neoliberal con su guiño originario en el ius personarum, “la raza humana es dividida a través de umbrales de personalidad que solo incluyen plenamente a adultos sanos dotados de consciencia y, por tanto, capaces de autodeterminación.”[1] Para los exponentes de la bioética liberal, Engelhardt y Singer, habría “una creciente lista de personas potenciales (como los niños), semipersonas (como los ancianos que necesitan asistencia), no-personas (como los enfermos terminales) y antipersonas (como los locos).”[2] No todos los seres humanos son personas en sentido estricto, argumentan estos liberales. Cómo no recordar el embeleco del 2020 cuando los ministerios de salud de algunos países pretendieron deliberar sobre la posibilidad de hacer vivir y dejar morir en el contexto de la Pandemia.

Con todo, me asalta una pregunta para Marcelo: ¿Por qué ronda el alma en una buena parte de los argumentos del libro? Se menciona, como decíamos, el dispositivo de la persona, la querella del derecho natural y el derecho positivo, la invención de la persona, la secularización y juridización de los cuerpos, pero, aun así, ronda la entelequia del alma, como si no fuese posible sustraernos en las prácticas políticas de organización liberal, de cierta férula cristiana, como si en el cuerpo de verdad descansara algo más que órganos y fluidos. Aquella mención, es igual o quizás más inquietante que la leyenda del Golem que trae Marcelo como con un huracán mesiánico a modo de cierre de su reflexión. Pues, ¿qué es el Golem para esta historia de las dolencias I? Es un accidente y un disidente, dice Schuster, un error literario, una disfunción del guion, un entuerto del sentido, continua el filósofo. Aparentemente me gusta pensar en esta disidencia, en esta oblicuidad golemiana, empero, en la leyenda de Praga, el rabino, refiere Marcelo, obtenía de su creación una máquina sin verbo, un autómata sin habla, en lugar de un hombre auténtico.

Null. Historia contemporánea de las dolencias I, es un acontecimiento editorial, es una digresión a una parte de la filosofía, es también una interpelación contemporánea a la nulidad del enunciado “llega a ser quién eres”. Es una colosal reflexión que nos lleva a zonas de excepción de la realidad en donde el magma de la crueldad regurgita nuestra época, una cavilación incluso para ver desde ahí, la dolencia propia.

[1] Ib., 28

[1] Ib., 44

[1] Ib., 55

[1] Roberto Esposito, Personas, cosas, cuerpos, Madrid, Trotta, 2017, p.50.

[1] Esposito, Ib., 56

[2] Id.

0
    0
    Tu carrito
    Tu carrito esta vacioRegresar a tienda
    Abrir chat
    Estamos en linea
    El Diván Negro
    Hola Bienvenido al Diván Negro. Estamos en linea