Comentario a “Null. Historia contemporánea de las dolencias I”

laura soto

 

Por Ana Laura Soto

Empiezo por compartir el disfrute de leer el libro de Marcelo, un disfrute punzante hay que decirlo, en tanto que la poética filosófica que nos ofrece es el bálsamo en que las dolencias contemporáneas emergen con la crudeza que las caracteriza. Nos advierte que el desollamiento aún con vida de uno de los 43 normalistas de Ayotzinapa palpita bajo el recurso a los tropos.

Comencé a leer el texto cuando de fondo escuchaba el plagio y asesinato de los hermanos González, ¡Jalisco es una fosa! Se escucha ante los más de 12000 personas cuyos rostros desaparecidos nos desencajan y desfiguran. .

 

“¿Puede haber algo más ruin que desaparecer sin término?” se pregunta a tono con Deleuze y Guatari a propósito de la rostridad *(degradación y auto-enajenación; naturalización del degradar y enajenar). Null, historia contemporánea de las dolencias nos anuncia que vendrá una segunda parte, al menos. En esta primera parte la retórica emplaza tres figuras: máscara, persona y Golem. Xipe Tótec, el dios desollado que resuena a propósito de Dioniso, el que nace dos veces, y representa en el mundo mexica el desprendimiento de lo que ya no es útil, la renovación o resurrección, la “piel nueva”, la primavera que vence al invierno, misma que emergerá tras los sacrificios.  La piel desollada enmascara al dios rojo, la muerte. Hay una tragedia en nombre de la Gran Salud —recupera Marcelo a propósito de Nietzsche—. Vidas abyectas, inmundas, parias a quienes debe extirparse lo degenerado y parasitario. La fuerza, lo viril, por encima de la receptividad del vientre materno, aquel de sémele carbonizada ante la ira de Hera por la traición de Zeus.

La semana pasada las madres de los desaparecidos han vuelto a tomar las calles, “nos arrebataron a nuestros hijos e hijas y seguimos preguntando ¿dónde están?” Rostros de miradas perdidas que se encuentran con cuerpos desmembrados, osamentas calcinadas, cenizas aún ardientes de los que un día ellas fueron fuente y acunaron. 

“Un tiradero de cuerpos” -dicen- y este es harto distinto a los cuerpos tirados y extasiados de las bacanales. Leo en Null: En esto consiste el galanteo de su escatología, en menear el cuerpo hasta hacer nacer de él el ombligo del mundo. Hace tiempo también escribía yo a propósito de la sombra de dioniso desde el discurso capitalista. Violencias banales que contraponen a aquella violencia fundante del mito, caos de lo innominado, que se sirve de las intensidades ritualizadas para demarcar la distancia con las existencias triviales. El goce y la muerte afirma Mafesoli son figuras arquetipales de toda existencia. Acaso el Sur nos preguntamos está lleno de vidas tan triviales como “desechables” e insignificantes que han debido contabilizar al menos 00,000 para que cierta indignación se inflame -cual alma- y los infames den cuenta de las condiciones que han hecho posibles sus flagelos, viacrucis, o acaso su ¿auto-inmolación?.

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En la genealogía de la moral y a propósito de la “mala consciencia”, del alma bella, Nietzsche ahonda en el placer que se sirve de la crueldad en contra de nuestra animalidad remanente, aquella que debe extirparse para devenir acaso un ser capaz de guardar una promesa. El crucificado abanderado del amor al prójimo, se forja desde la voluntad de maltratarse a sí mismo. Es el olvido de sí-mismo, el sacrificio de sí, aquello que insufla el ideal, dirá el filósofo, del no-egoísmo.
¡Cara dura! Por debajo de la máscara podría llegar a traslucirse la mácula, la supuesta vergüenza de una estirpe, pero ahí donde los rostros han sido reducidos a lo inorgánico señala Marcelo, una industria de los órganos y los residuos, de la cosmética prolifera. Abunda la indiferencia, una sobre- actuación de muertes anónimas, asesta Null.

El rostro –señala Marcelo- recuerda la apoteosis del singular, en cambio la máscara privilegia las maniobras neutrales de superposición y reemplazo… La contemporaneidad en efecto puede dar cuenta de infinidad de rostros fetiches de laboratorio, lugar al que nos emplaza el texto para señalar la banalización de la estética. Como no pensar en Helena, el simulacro que envuelve la guerra de Troya. «Helena -señala Calasso- habría sido la demostración viviente del teorema ateniense: “la belleza, que por naturaleza, impera sobre la fuerza»…artificio tendiente a un endeble equilibrio donde la astucia y la belleza se superponen para seducir a la necesidad. Artificios y simulacros enmascaran la necesidad. Por otra parte en la era cometológica -en la sobre abundancia de máscaras- recuerda Null, los rostros desaparecen. Se da una inundación de muertos no confesados sugiere Marcelo Schuster.

El despedazamiento de Dioniso por parte de los titanes a quienes Zeus calcina posibilita la creación del hombre a partir de dicho resto. ¿Homúnculos! Pequeños hombres que desde el  cara-libro  hoy,  construimos  los  semblantes  que  difieren  y/o  matizan  los encuentros, ¿qué lugar para el acontecimiento?. A decir de la historia contemporánea de las dolencias somos víctimas y/o mercenarios -se pregunta Marcelo- de una “condición impura” que hemos buscado extirpar. Leo en Null: ¡No hay que echarle la culpa a la razón, sino a su avidez auto-poiética de crear un mundo (¡el mundo verdadero!) a partir de un dios faltante!. Viene a mi mente Baudelaire en El amor de la mentira: Hermosos alhajeros sin joyas, medallones sin reliquias, Más vacíos, más profundos que vosotros mismos… Sócrates nos recuerda Marcelo emplaza al “yo”, ahí donde no había sino una máscara, nos adentramos a la emergencia del sujeto como carcaza cívica. Y sin embargo la agalma trasluce más allá de la apariencia socrática. Alcibiades joven y hermoso es despreciado por el Maestro en tanto no puede ofrecer nada más que su belleza corpórea y efímera. Auto-dominio de sí.

La poética filosófica de Marcelo tiene la facultad de traslucir nociones contemporáneas que Foucault -desde mi lectura- va problematizando en Vigilar y castigar derivando hacia la Hermenéutica del sujeto, sin perder de vista la secularización, el paso del mito al divertimento. El espectáculo de los cuerpos desobedientes en suplicio mudando hacia una ciencia jurídica sin rostro, que buscaría desenmascarar a quien injuria a la verdad. Leemos en Null: “la artimaña pragmático-legal designa el empoderamiento del Sujeto en contra de los dioses, a la vez que contribuye al exhibicionismo desenfadado del ateísmo, a excluir (u ocluir) a los facciosos.” Época de disfraces, de parodia y trasvestismo. Los carnavales mediáticos y politiqueros han vuelto una farsa y con dolo la tragedia de infinidad de suplicantes con sed de justicia. ¡Nos faltan 43!, ¡Ni una menos!

La persona aparece entre la tragedia y la pasión crística, entre el artificio y el sacrificio de sí. El problema, se sostiene, no es el “rostro-semblante” sino el material-soporte que al perder sensibilidad los carcome. Leo: ¿Qué importan los rostros si las memorias se confabulan para borrar sus impresiones?, ¿qué importa la lesión si es más letal el olvido?” Los simulacros abundan ante un doble movimiento de borradura y re-codificación. Sacrificio, racismo, y eugenesia sirven como métodos de borramiento a decir de Marcelo, leyendo a Deleuze y Guatari, sosteniendo que el rostro es el hombre blanco… rostro que personifica aquel de Cristo. Las heridas coloniales del Sur atraviesan a los malparidos, los sin-tierra, nativos vueltos indigentes. Pero pienso igualmente en cómo las heridas del éxodo judío no han dejado de atravesar los extravíos de la diáspora palestina desterrada de ahí donde un dios prometía una tierra a los otrora errantes.

Marcelo recurre a la noción de rostridad (racismo de la piel y suplicio consentido de las vísceras), blanquitud podríamos decir con Bolivar Echeverría. La rostridad asesta, no es sino un ultraconservadurismo aunque teñido para la media intelectual de mercadotecnia fácil, estilo de vida cool y libretos de personal development”. Existe un ideal etnofílico mismo que pareciera poblar gran parte de la industria cultural. No todo rostro es susceptible de devenir persona en los tiempos de la reproductibilidad técnica de la imagen. El alma bella encarna el alma blanca.

La portación o no de un alma habría sido una controversia antigua. Que o quien insufla el alma. A no olvidar la disposición entre pueblos-con alma (Judeocristiano) y pueblos-sin- alma propia de los tiempos coloniales. Resonancia y símil entre la animalidad, el automaton y los esclavos no-pensantes o de racionalidad limitada. Sostiene Marcelo: “Si el dispositivo está en litigio, no se debe sólo a la interpretación general –ni a su antinomia inherente entre la cosificación y el autoconocimiento-, sino al síndrome no declarado en cada uno de sus términos… bajo el camuflaje de la ley, está el esclavo. Bajo la rendición de la conciencia, está el autómata.” Los artificios jurídicos han valido como “derechos para destrozar al otro”, aquel que no arriba al denominativo de persona. Los desposeídos parecieran igualarse en su vasallaje. Y en ese sentido el reducto de libertad posible, que no garantiza ni la ley, ni los actos, emerge desde los soliloquios de su pensamiento, de su ser consciente.

El esclavo guarda la libertad de darse la muerte a sí mismo. Muchos coincidiremos con Null en que es de la pira de cadáveres, de esos cuerpos desechos, ensangrentados, “desechables” y desechados en bolsas negras y fosas comunes -ante la imposibilidad de vislumbrar sus rostros- de los que no hablamos. El recurso al alma secularizado nos emplaza en el texto de Marcelo hacia los estados de la mente. El alma insuflada, el soplo o Psyque, aquella a quien Eros debía herir con su flecha por los celos de Afrodita no ha lugar. Sabemos que es Eros quien queda prendado de ella, pero es psyché quien no soporta tan solo sentir a su amante, quiere observarlo.  Locke es convocado para dar cuenta del embrollo, que ahí donde la consciencia emerge, se intuye una presencia que no es posible acotar, salvo reducirla a la mente, al cerebro, neurona, bit, sinapsis. La imaginería ha viajado de la posesión, a los homúnculos, a los espíritus animales… y hoy sostiene Marcelo se sirve de la futurología donde cualquier sustrato podría ser susceptible de devenir consciente. ¿Qué será capaz de mimar un devenir consciente?

La reflexividad, ¿acaso -se pregunta Marcelo- no proviene el autoconocimiento del afán de igualdad moral del esclavo, del esfuerzo de compenetración epistémica del autómata? En el tercer y último emplazamiento, Golem, se juega entre el sirviente como esclavo y el servidor informático que lleva el mismo nombre que desde el mito hebraico nombra al hombre artificial creado para ser el criado de una sinagoga. ¿para qué crear a un engendro con aires contrarios de emanciparse? resuena como pregunta. El golem está incomunicado de su creador, está rebajado a seguir las reglas inscritas, además de que al cuerpo le es innacesible su franquicia. Maquina sin verbo. El lenguaje algorítimico sugiere a Marcelo una correspondencia con el engendro, que devendría la des-ontologización, la idea de que el sustrato para el devenir consciente es sustituible y emulable. El mundo de la inteligencia artificial, la hibridación tecnológica en nuestros cuerpos y el internet de las cosas entrarían quizá al debate de los límites que ha supuesto y supondría aún el traspasar-nos. A manera de cierre de mi participación, diría que Null nos adentra a un sinuoso camino en la comprensión de nuestras dolencias que se empalma a aquel de la mitología de la razón occidental. Castro-Gómez nombrará ahí la hybris del punto cero de la Modernidad; Los animismos -sabemos- no han sido ajenos a las narraciones de pueblos originarios, me pregunto hasta dónde la des-ontologización anunciada no es sino una puerta de entrada a otro animismo -lleno de espectralidades y simulaciones de copresencias tecnológicas- en el corazón hiper-racionalizado de nuestras sociedades donde los rostros no han dejado de desaparecer, el rostro del otro, diría Levinas, ha dejado de interpelarnos.

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