Una lectura espinosista de “El péndulo del pharmakon”

Carlos Palacios

 

Por Carlos Palacios

El libro de Samuel Hernández convoca a la discusión de la pasión, la enfermedad y los cuerpos sumergidos en las corrientes del río de la época. Cómo bien lo señaló Heráclito, el río cambia, pero los márgenes, el lecho mismo y cierta flora y fauna permanecen, por un tiempo. Con esto quiero ilustrar la fugacidad y caducidad posible del texto que el autor nos presenta, pero también la necesidad de relatar un lapso, una configuración temporal y espacial para la clínica y la crítica.

Las pasiones parecieran ser algo así como el agua del río, fluyen en todas las épocas, aunque en algunos momentos se estancan o se agotan. Cuando se estancan las pasiones, como el agua, algo se pudre, la vida ahí no es viable, en el caso de no haber pasiones ni agua, en el río no queda quedaría vida.

 

Una de las citas iniciales del libro es de Spinoza y nos remite a la noción de pasión: un modo de afectación sobre un cuerpo que resulta confusa, que se padece e implica una posición pasiva. Me parece que esa selección no es nada gratuita, sitúa justo en el inicio o como punto de partida no el discurso, no la razón, no un destino y sentido moral, sino el cuerpo afectado por la pasión. Esto porque la enfermedad, como pérdida de potencia, de capacidad de hacer y pensar, es una afectación del cuerpo que desvía también las ideas. Entonces curar el cuerpo con las ideas sería algo un tanto extraño, no así curar con el entendimiento, sin embargo, habría que apostar por la cura mediante las ideas, o sea los signos.  Entender qué y cómo me descompongo me permite, hacer y pensar más y mejor, pero… no hay un cuerpo tal que no exista otro cuerpo con mayor potencia que no lo pueda destruir. Del encuentro con los cuerpos que nos componen o descomponen lo que queda es la unidad signo/afecto.

Es curioso que el cuerpo que nos puede destruir puede ser mucho más pequeño que el cuerpo humano, como en el caso de un virus o un fármaco, una sustancia. Si ese cuerpo que nos puede destruir se suma a la potencia de otros cuerpos, como las instituciones, los grupos e incluso las palabras, no es raro que se descomponga un cuerpo afectado por las sustancias y los discursos. Pero, gracias a la naturaleza, o sea, Dios, también somos un cuerpo y podemos sumar con otros cuerpos potencia, y el que no exista un cuerpo que no pueda ser afectado también aplica para aquello que nos apasiona. Medicalizar la adicción, la infancia, el sueño o la discapacidad es una fuerza que puede y suele ir en nuestra contra, y digo nuestra porque va en contra del nosotros, de la singularidad de los sujetos sociales. Por otra parte, el cuerpo sustancia, discurso colectivo se nos puede sumar, podemos buscar otras formas de encontrarnos ¿qué cambia? El afecto y la idea que se tiene, el signo. Encontrar una forma de aumentar la potencia con la sustancia y mi relación con los otros es lo que podríamos llamar la idea adecuada según Spinoza, una forma de conjuntar al deseo la estrategia.

El libro como dispositivo político que nos presenta Samuel guarda en su corazón, desde donde lo puedo leer, la invitación a despertar de la ilusión de la experiencia.  Lo dice con todas las letras, “nuestra práctica analítica no es la experiencia”, porque “hablar ahí donde aparecen las ruinas de la voluntad” no se sostiene con experiencias, no en su sentido de empíria ingenua. El empirismo  ingenuo nos lleva a pensar la clínica, como lo hace la psicología, como un espacio sanitizado de toda subjetividad y de toda política. La experiencia que puede ser transmitida por los breviarios clínicos, entrelaza singularidades, sujetos y colectivos. El breviario clínico es un saber que parte de una experiencia, pero no esa de los sentidos, comprobable, medible y cuantificable. Es un fragmento de singularidad tan íntimo como social, es una experiencia de mezcla con lo otro, pero no lo es por sí misma o en sí misma, sino porque hay una invitación a usar el texto y porque puede haber una disposición a usarlo sin santificarlo, se invita a profanar.

El péndulo del pharmakon. Pasión, Enfermedad, Cuerpos -breviarios clínicos-

El libro ya profanado marca líneas de convergencia de varios delirios ¿ezquizo-analíticos? Quizá. Al final todo delirio es tan íntimo como social, las voces de los tiempos que corren, criticando el patriarcado, el capitalismo, la medicalización y su siervo fiel, la psicología. En la escritura ensayística del texto podemos resaltar el valor de algo que coexiste con el discurso académico, médico y psicológico, la subjetividad del autor, asumida a rajatabla pero no por ello abandonada. El texto no es una mera opinión, es un testimonio, una forma en la que el autor reconoce lo que le afecta y busca afectar, sumar potencia con otros. Después de la profanación mediante la lectura quedan algunas preguntas ¿Cómo es viable la mezcla de tradiciones filosóficas y clínicas? ¿De qué forma se llevan al acto en la clínica de Samuel? ¿Se puede llevar esta clínica al grupo o los colectivos? ¿Seguirá siendo el análisis una técnica individual? ¿Lo individual deja fuera al sujeto y a lo singular? ¿Qué será del psicoanálisis en la época neuroliberal en la que vivimos?

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